Emezi Akwaeke Novela

Agua dulce, con un pie en cada lado

En esta ocasión he optado por no añadir más literatura a lo que escribo. Creo que el título en cuestión, Agua dulce de Akwaeke Emezi, tiene ya suficiente carga de complejidad como para que aporte un poco más de oscuridad. Tampoco estoy segura de si lograré poner algo de luz. Consciente como soy de que esto es un intento y de que no se trata de dar con todas las salidas, cada cual sabrá hallar las suyas.

Habrá, los hay de hecho, lectores que asuman Agua dulce como una novela mezcla de ficción y fantasía, sobre el crecimiento de una adolescente nigeriana y donde la imaginación dinamita escenarios y experiencias. No en vano Akwaeke Emezi, su autore, ha afirmado que su género literario favorito es la especulación.

Mi caso es diferente. No la puedo leer desde ese enfoque. Por eso el intento.

Ante un libro como la ópera prima de esta nigeriane con sangre tamil que se autodefine, tras un largo y complejo itinerario vital que vuelca precisamente en parte en esta obra, como no binarie, trans y ogbanje, se necesita distancia y vencer algún que otro impulso. Creo que en esta ocasión el hecho de saber que este libro es, en gran parte, autobiográfico me animó a enfrentarme a él.

Más allá de si me ha gustado la obra o no, que sigo pensando es una forma de acercarse a la literatura no exenta de imprecisión y riesgos -tiene grandes cargas de presentismo de las cuales cada vez huyo más- trataré de formar una serie de ideas más o menos conexas sobre lo que he entrevisto en este momento, bajo mi condición actual y mis experiencias.

En el momento de su publicación cayó en mis manos alguna nota que la reseñaba y que la colocaba en el Partenón de los mejores libros y premios etc. Incluso un invitado (agradecida siempre) escribió con profundidad sobre ella en este mismo espacio literario. Nada de aquello hizo que sintiera interés especial por la novela. Sin embargo, cuando conocí que Arrate Hidalgo, a la que sigo y conozco personalmente, la había traducido al castellano y que se editaba por la bilbaína casa editorial Consonni, supe que la leería.

Emezi desplaza el centro con Agua dulce y muestra que el centro de otra persona puede ser real también. Solo que esta vez el centro no es lo humano. El mundo espiritual igbo nos es ajeno y pocas personas conocen siquiera su existencia. De ahí nace en gran parte la complejidad de lo que se narra, términos como obanje, iyi-uwa o chi son el principio de un aprendizaje para penetrar en la cosmogonía igbo.

Tanto igbos como yorubas son mayoritariamente cristianos, practican una religión impuesta por los colonizadores y que se ha erigido en la predominante. Sin embargo, Emezi se zambulle en las aguas de sus creencias maternas, aquellas que creen en los obanjes-espíritus igbos que nacen en cuerpos humanos- de los que le propie autore nos advierte: «Ellos vienen y van. Nunca están mientras vives. La ontología igbo explica que todos están en un ciclo de reencarnación de todos modos: eres tu antepasado, te convertirás en un antepasado, el bucle seguirá girando dentro del linaje. Ogbanje, sin embargo, son intrusos en este ciclo, desviaciones no deseadas. No vienen del linaje, vienen de la nada«.

Así las cosas, Agua dulce nos introduce en otra espiritualidad.

Durante mucho tiempo tuve mi propia pelea al tratar de entender estas otras creencias. La cristiana, que una ha mamado desde la infancia, siempre se ha mostrado más cercana, pero no por ello menos comprensible. Mi mente se ha tenido que estirar un poco más al leer esta novela. Solo por ello agradezco a Emezi sus páginas. El ejercicio mental también lo he tenido que hacer en el otro desplazamiento de la historia, aquel que nos lleva hacia una sexualidad que muchos contemplamos desde los márgenes, sin llegar a entender ni su complejidad ni su doloroso derecho a existir.

Lo que ha escrito Emezi es su propio y desasosegante itinerario vital de una manera que se trenza con un lenguaje a veces atinado por lo lírico y a veces más simple por esas pulsiones tan humanas y, a menudo, tan infantiles que nos llevan a contemplar a la protagonista de la novela, alter ego de la autora, como una títere vapuleada por dioses y por seres terrenales.

La forma en la que está narrada nos sitúa a cada momento en otro punto de partida. Algo así como los alrededores de la vida de un ser humano en el que se han encarnado unos dioses. Sus voces se califican dentro de la Ada, la joven protagonista, según sus propios miedos o pasiones. Dentro de la cavidad de piel, sangre y huesos, hay más almas de las que imaginamos.

Emezi se vuelve hacia el Dios de su padre, un ferviente médico católico, pero no recibe respuesta a sus llamadas. Después tratará de encontrar respuesta a lo que tiene en su caja humana a través de la psiquiatría, (qué pronto llamamos locura a aquello que no logramos entender). Ni uno ni otro le darán respuesta para los yoes que anidan dentro de ella (por tratar de ser más precisos: que la han encarnado). La búsqueda debe continuar sobre todo porque las violencias que a veces se soportan en la vida son de tal calibre que se necesita y se busca otro apoyo. Los traumas deberían figurar como otro obanje más en esta novela ya que cada uno de ellos tiene la suficiente fuerza para romper en mil pedazos a la joven humana.

Los dioses son dioses. La escritora ha explicado en diversas entrevistas que estos no son ni buenos ni malos. Para eludir la polaridad. En Agua dulce, sin embargo, los ogbanje aparecen con géneros bien marcados. Es curioso que lo trans se ciña solo a lo humano, a lo carnal.

Emezi nos colapsa. Con su voz extraña y diferente nos ha dejado plantados en medio de nuestras certidumbres para que veamos que no existen tales. Ella al explicarse dinamita nuestras bases, aquellas que nos sitúan dentro de un género, una cultura o una espiritualidad determinada, para hacernos ver que pueden ser inconsistentes. Nuestros ejes, esos a los que nos aferramos sin aliento, se ponen en entredicho. Cada cual entenderá lo que pueda o quiera, como siempre. Según también sea su predisposición a no ser tan racional. Pero no está de más asegurar que este autore nigeriane ha escrito una obra anticolonial, con una búsqueda diferente y tremendamente original hacia sus orígenes allí donde solo se pueden encontrar las posibles respuestas y llegar a una deseada comunión de cuerpo y alma. «De hecho, ese era el problema primordial: que éramos un nosotres aparte de ser, pura y llanamente, ella» .

Agua dulce (Freshwater, 2018) de Akwaeke Emezi: Ed. Consonni, Bilbao, 2021. Traducción: Arrate Hidalgo. 

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