Tras la II GM, la descolonización en el continente africano comenzó en 1951 con la independencia de Libia y tuvo su momento álgido en la década de los años 60. Precisamente, en la etapa final del colonialismo -entrada en la Guerra Fría- en 1955, se celebró la Conferencia de Bandung. Por primera vez, sin potencias occidentales presentes, 29 países tanto asiáticos como africanos, ponían las bases para construir un futuro sin los sistemas impuestos por las colonias aspirando a un nuevo orden global más solidario.
Fue una unión de fuerzas que pronto se plasmó en múltiples proyectos que pivotaban sobre uno de los pilares que se proclamaron en Bandung; el de una auténtica “cooperación cultural”. En concreto en plena Guerra Fría se celebró la 1ª Conferencia de Escritores Afroasiáticos, bajo el lema «Por la paz, el progreso social y la libertad de los pueblos». Una cumbre que abrió, por fin, la puerta a una literatura que no había tenido cabida hasta entonces en el Mundo global.
Un hito para la literatura del sur

A lo largo de una semana, organizado por la extinta URSS, en octubre de 1958 en Tashkent, capital de Uzbekistán, se reunieron más de 200 delegados de 37 países para impulsar dicha cooperación en pro de una literatura muy desconocida y poco reconocida.
Era el momento de comenzar el camino que escritores e intelectuales ya habían expuesto: el deseo de que esta literatura periférica ocupara su lugar en el Mundo, alejado de los centros de poder que les mantenían en una situación subordinada. Teóricos como Samir Amin hablaban de dejar atrás el eurocentrismo, y a eso se dedicaron.
Una de las preocupaciones fundamentales de los autores de la llamada “literatura del sur”, que ha llegado a nuestros días, ha sido el distanciarse de la influencia de los centros literarios de poder occidentales (léase París, Londres o Nueva York). En base a esta necesidad, en Tashkent se produjo un primer paso para lograr esa independencia y la buscada solidaridad sur-sur entre todos ellos para poder hacerla realidad.
Si bien es cierto que la Asociación de escritores afroasiáticos se creó en la siguiente cumbre, en El Cairo en 1962, la que tuvo lugar en el Teatro Navoi de la capital uzbeka (lugar que rinde homenaje a Alisher Navoi considerado padre de la literatura uzbeka), fue el origen de la misma. En varios vídeos documentales de British Pathé, se puede ver el entusiasmo con el que fue recibido aquel primer encuentro en Tashkent.
En la conferencia se pusieron a disposición de los asistentes unos 2.500 libros procedentes de Asia y África, en ruso, inglés y diversas lenguas de los países participantes. El principal invitado fue W.E.B. Du Bois, al que se unieron el autor de Los trozos de madera de Dios, el senegalés Sembène Ousmane -con sus dos primeras novelas publicadas-, Mario Pinto de Andrade (Angola), Marcelino dos Santos (Mozambique) o el egipcio Youssef El-Sebai.
Durante la conferencia Du Bois, de 90 años, pronunció un discurso titulado Soy africano. Soy estadounidense, “en el que habló sobre la paz mundial, la solidaridad afroasiática y la importancia de que las naciones recién independizadas trazaran su propio camino en lugar de depender de las antiguas potencias coloniales”, tal y como recoge Ajay Kalamakaran. Sin embargo, a pesar de la entusiástica acogida, dicha conferencia no fue tan bien recibida por los medios occidentales que la contemplaban desde la perspectiva de la Guerra Fría y la señalaban como un medio de propaganda soviética.
Mayor relevancia del continente africano con el paso del tiempo
A la de Tashkent siguieron otras: Cairo (1962), Beirut (1967), Delhi (1970), Alma-Ata (1973), Luanda (1979), Tashkent (de nuevo, 1983) y Túnez (1988). Si bien al principio la mayoría de los escritores que formaban la Asociación eran árabes (de forma mayoritaria los que apoyaban la causa palestina), poco a poco la presencia del continente africano se hizo más notoria. Se eligió como sede Luanda, acudieron escritoras como la ghanesa Efua Sutherland y se nombró secretario general al sudafricano Alex La Guma.
La conferencia de 1958 impulsó la traducción de la literatura africana al idioma uzbeko en forma de textos seleccionados, relatos cortos, antología de poesía o breves ensayos. Tendencia que continuó más allá de dicho evento. En el catálogo digitalizado Ziyouz.uz podemos encontrar traducciones al uzbeko de autores como Ngũgĩ wa Thiong’o, Bai T. Moore, Tchicaya U Tamsi o Gabriel Okara. Y en la actualidad, bajo proyectos dirigidos a la juventud, se puede leer la obra, entre otros, de Chimamanda Adichie Ngozi.
Una revista y un premio literario alternativo
El profesor Rossen Djagalov resume las cuatro estructuras principales en torno a las cuales se constituyó la Asociación de escritores: las grandes conferencias internacionales de escritores, la Oficina Permanente de Escritores Afroasiáticos, una revista literaria multilingüe (Lotus) y un premio literario internacional.

Diez años después de la Conferencia de Tashkent, surgió la revista Lotus (1968-1991), con claro enfoque anti-colonial, se trataba de un ejemplar entorno a 80-150 páginas que posibilitaba la traducción, publicación y difusión del trabajo de dichos escritores afroasiáticos. Nació en 1963 con una tirada inicial de 5.000 ejemplares en varias lenguas (árabe, francés e inglés), intentando que llegara para su mayor difusión a Bibliotecas y asociaciones diversas. La revista mostraba el trabajo de múltiples figuras relevantes del sur global y facilitaba su conocimiento y presencia a través de un proyecto literario de alto nivel y con aires de cambio.
Publicada e impresa en tres lugares —Egipto, Túnez y la República Democrática Alemana—, tal y como resaltan en la revista Tawahan, fue pionera y precursora de muchos de los actuales intentos de cooperación del sur global en el ámbito de las artes y la cultura.
Y, finalmente, para consolidar la presencia de estas literaturas se creó el Premio Lotus (1969-1988) considerado, dados los pocos galardonados por el Nobel de Literatura hasta aquel momento, un «Nobel afroasiático» de literatura. En su lista están Alex La Guma (1969), Taha Hussein (1971), Ngũgĩ wa Thiong’o (1972), Chinua Achebe (1975), Meja Mwangi (1988) y José Craveirinha (1983).
En avance permanente
La Conferencia de Escritores Afroasiáticos se amplió en 2013 y pasó a denominarse Liga de Escritores de Asia, África y América Latina, y la literatura del sur global entró en una nueva etapa histórica. Desde entonces han sido muchos los pasos hacia adelante que se han ido dando. “El sur global visibiliza conexiones que no pasan por Europa o Estados Unidos. Desplaza el eje. El interés por el sur global viene de un cambio real: el centro ya no consigue explicar el mundo”, afirma el escritor angoleño Kalaf Epalanga.
Tashkent mostró las voces de autores africanos, como los mencionados, mucho antes de que Occidente tuviera noticias de ellos. Fue su altavoz y un medio para la cooperación y la solidaridad hacia una descolonización de las mentes. Y, además, su legado no se quedó en el pasado. En fechas recientes se ha mostrado un gran interés por los archivos de la revista Lotus, por ejemplo, como un medio utópico de alcanzar una cultura global verdaderamente democrática para todos. Porque, cada vez de manera más fuerte, el llamado sur global está más presente que nunca en todas las coordenadas del Mundo, también con su literatura.

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