Hace un tiempo le preguntaron al escritor sudanés Abdelaziz Báraka Sakin qué era para él la literatura africana.
En un artículo de opinión publicado en El País aclaraba que era un término incómodo y lo argumentaba así: “Porque, con franqueza, sigo sin saber qué es literatura africana, quiénes son sus autores, en qué lengua viene escrita; del mismo modo que ignoro cuál es el color de la piel de un escritor africano, cómo se llama o dónde vive. La literatura no puede adscribirse a ninguna nación o pueblo, sino que porta simplemente la identidad de cada autor”.
Parece que hoy en día, apenas 5 años después de que se le emplazara a dar su opinión, dicha cuestión carece de demasiado interés. No así las cuestiones sobre las que escribe este autor, entre ellas la identitaria, cuya narrativa nos introduce, con una voz que roza la sátira y se baña en el absurdo y el humor negro, en realidades sangrantes, deshumanizadoras a las que el Mundo no presta ninguna atención.

Un autor bajo el dolor del desarraigo
En 2009 publicó Jungo. Los clavos de la tierra -escrita en árabe, sin traducción al castellano-. En ella abordaba el duro mundo de los trabajadores temporeros, fuertemente estigmatizados, señala el crítico literario Nassir al-Sayeid al-Nour, al ser considerados incluso “población no sudanesa” por provenir de orígenes que no se consideran árabes y que soportan exclusión cuando no invisibilidad.
Este título supuso el detonante para que en su país se le confiscara toda su obra, llegando incluso a firmar un documento en el que se comprometía a no volver a publicar más libros.
“En Sudán, la identidad supone un problema muy grave. Según la doctrina oficial del Gobierno, somos un país árabe y musulmán” –aclara en entrevista– Se trata de una visión muy reduccionista, ya que, si bien es cierto que en el país hay personas de origen árabe, también hay otros musulmanes, como yo, que son de origen africano. Yo no soy árabe. (…) Tras la independencia, en 1956, el primer presidente de Sudán, Ismaíl Al-Azhari, declaró, nada más comenzar su discurso inaugural: «Proclamamos la arabización». Fue un error. En mi libro Los Jango, intenté hacer hincapié en las identidades distintas de los pueblos de Sudán, las diferentes religiones que coexisten en el país, las diversas formas de pensar y de ser; esto no fue bien recibido”.
Cuando supo que su vida corría peligro se exilió a Egipto, después a Austria -donde ha permanecido una década- hasta llegar a Francia, donde reside en la actualidad. Al respecto, afirma: “En realidad, solo mi cuerpo está aquí, pero mi alma, todo mi ser, se han quedado en mi país”.
Sudán, el conflicto interminable
Dos son las obras que se pueden leer traducidas del árabe, sobre el “conflicto” sudanés. Sin embargo, no se debe llegar a ellas con la idea de que estamos ante una «literatura de guerra» fácil de digerir. Al contrario, son obras duras en las que tan solo la forma fragmentaria y el humor negro ayudan a alejar el espanto que supone leer lo que se narra sabiendo que es un escaso reflejo de una realidad insoportable.


La primera en aparecer fue El Mesías de Darfur. El lector se enfrentaba con esta novela a un mundo de gran oralidad y caos, donde los saltos constantes de tiempo y época, hacían de la lectura un territorio a explorar casi de cero. Darfur ha pasado a constituir un nuevo vocablo en nuestro abecedario de “desgracias africanas” junto a la construcción de la imagen-del-horror-que-queda-lejos. Ambos han sido suficientes para taponar las escasas ganas, que quedan tras dejarnos exhaustos ante tamaño drama, por saber qué pudo ocurrir allí.
Nos internamos en una especie de novela de acción trepidante -su protagonista puede recordar a la de la película “Kill Bill”- en la que descubrimos un universo muy plural en el que ni siquiera las temidas yanyauid, milicias paramilitares de origen árabe en las que se apoyó el entonces presidente del país Omar al-Bashir, que sembraron el terror en Darfur, tienen clara su identidad.
La segunda ha sido El héroe cuyos sueños se elevaron como un dron. La venganza, como en la anterior, es uno de los motivos que mueve a sus personajes, dentro de un título que vuelve a exigir al lector. Centrada en la actual contienda, es un texto que denuncia los entresijos que se mueven en la guerra. De manera irónica, denomina “héroe” a aquellos que matan y violan, saquean y someten, utilizando el ambiente bélico en su propio beneficio.
Un túnel, el de Sudán, país de conflictos interminables, que se extiende de nuevo desde 2023 hasta el presente, por poder y riqueza pura y llanamente, y en el que se enfrentan dos fuerzas militares, una la surgida de aquellas yanyauid (Fuerzas de Apoyo Rápido) y otra el ejército oficial (Fuerzas Armadas de Sudán). Ambas convenientemente apoyadas por agentes internacionales, dentro también del negocio de la compra de armamentos, ya sea Emiratos Árabes a la primera, o Egipto, Turquía o China a las segundas.
La apropiación de los cuerpos
Afirma Sakin que ha querido con Samahani, su tercera novela traducida, mostrar las narrativas ocultadas tras el tráfico de esclavos que se dio en el siglo XIX en el enclave de Zanzíbar, bajo el sultanato de Omán.
Durante largos años he leído obras que tenían como fondo este acontecimiento bárbaro, al igual que el tráfico de esclavos llevado a cabo por los europeos para intuir qué fue aquello. Báraka Sakin leyó más de 30 libros sobre la esclavitud en Zanzíbar para poder llegar a escribir cómo se podía vivir en el cielo y en el infierno a la vez.
De nuevo, Sakin intenta lo imposible: trasladar una realidad tan violenta, inhumana, depredadora como la que asoma entre estas páginas. Lo hace proponiendo nuevas sendas, al principio haciéndonos creer que estamos dentro de un cuento oriental con fragancias e imágenes de imaginarios inculcados hasta que percibimos que ese mundo sensorial y la sensualidad que emana de las páginas que describen la relación entre una princesa y un eunuco, tienen más duplicidades.

Samahani, dicen todos. Me rodea esta palabra que a menudo hemos pensado como solución mágica. Perdóname, su traducción del suajili… ¿acaso no es lo que hemos escuchado tantas veces… que si se pide perdón el abismo que se ha abierto queda cicatrizado?
Sin embargo, Samahani espanta la complacencia, se interna más profundo, porque se haga o se omita… parece decir, ¿acaso hay alguien inocente del todo?
Sakin ha escrito de manera bella y aterradora, esa es su magia. Contradicciones, que me recuerdan que, tras el empeño de este escritor sudanés, hay un profundo componente humano que me habla de vidas con niveles de violencia insoportables, de relaciones de poder-sumisión a la que sometemos unos seres a otros seres, viviendo realidades in-escribibles, en las que decir Samahani es solo un brindis al sol.
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El Mesías de Darfur, 2012. سيح دارفور. Traducción del árabe: Salvador Peña. Ed. Armaenia, 2021
Samahani, 2020. Traducción del árabe: Salvador Peña. Ed. Armaenia, 2024
El héroe cuyos sueños se elevaron como un dron, 2024. Traducción: Rafael Ortega Rodrigo. Ed. Comares.

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