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El olvido de los retornados cuando se narra la descolonización africana

Las lecturas a veces se ven cruzadas por diversas autopistas. Algunas no conducen a ningún sitio, son apenas una línea difusa que se pierde dentro del argumento, otras en cambio te hacen desviarte y buscar nuevos caminos.

Una de esas autopistas que abren sendas la encontré al terminar Cuaderno de memorias coloniales donde me interné de lleno en una realidad que ya se me había presentado en libros anteriores, provocando en mí ganas de saber más. Estoy hablando de las historias de los “retornados”, que conformaron uno de los mayores movimientos migratorios en la Europa de la posguerra.

En 1975, tras la Revolución de los Claveles que terminó con la dictadura en la metrópoli, varias colonias portuguesas conquistaron su independencia. Si en el libro que he mencionado arriba se trataba de Mozambique, en El retorno de Dulce María Cardoso nos situamos en Angola.

En ambos países, la situación que se vivía era extremadamente violenta. Los papeles comenzaban a darse la vuelta y los que habían sido los legítimos propietarios de aquellas tierras, pero que habían permanecido sometidos, empezaron a levantarse. Esta toma del poder por la gente negra se vivió con confusión y miedo por los colonos allí establecidos. Muchos de ellos no eran conscientes de la realidad en la que habían vivido. Esto lo expresa el protagonista adolescente de El retorno: “Algunas personas han perdido un paraíso; algunas personas preferían destruir su paraíso antes de que lo disfrutaran los mismos que se lo arrebataban. Algunas personas no son conscientes de que los paraísos que perdemos, a veces, se los hemos robado a otros y, aun así, los disfrutamos por siglos”.

En Cuaderno de memorias coloniales uno de los pasajes que más me llamó la atención fue aquel en el que un muchacho negro se atreve a sobrepasarse tocando a la niña blanca narradora, a plena luz del día. Es una imagen simbólica de una nueva realidad que quería imponerse: un negro mozambiqueño se atrevía a hacer lo mismo que los colonos portugueses blancos hacían con total impunidad con las niñas mozambiqueñas. Aunque la distancia entre ambas realidades estaba lejana, no dejaba de ser perturbador el hecho de que, una vez más, fuera la sumisión de la mujer un punto clave en la batalla triunfal.

“En Angola”, tal y como me comentaba Sergio Garrido, compulsivo lector, en una conversación en una terraza en Praia hace unos años, “los nuevos líderes políticos dieron un ultimátum a los portugueses residentes, instándolos a salir del país lo antes posible o no se harían responsables de sus vidas”. Se trata del punto de partida de El retorno. Su autora, Cardoso, ha afirmado: “El fin de mi infancia fue el fin del imperio portugués”. Cientos de miles de personas tuvieron que dejar sus hogares, algunos a amigos y familiares, como el protagonista de esta novela, para partir a una metrópoli que soñaban dorada.

Los retornados se encontraron en la mitad de la nada, desarraigados. Dejaban atrás una tierra exuberante y rica, donde habían vivido con comodidad, donde todos sabían estar en su sitio, para pasar a habitar un país gris y compartir una habitación por familia, sin bienes materiales de ninguna clase, sabiendo que lo habían perdido todo, y sin el apoyo del resto de familiares portugueses que ahora les negaban cualquier ayuda. Tras la Revolución de los Claveles, los colonos (portugueses de segunda) se habían convertido en explotadores y no eran bien recibidos en la metrópoli.

El retorno muestra la situación de discriminación que padecieron en su país de origen cuando llegaron. Sin embargo, tal y como se recoge en Historia a Historia de Fernando Rosas, a pesar de ello lo cierto es que el nivel de formación de aquellos (apenas un 6% de los retornados era analfabeto) era muy superior al que había en Portugal (con un 30% de analfabetos). Por esta razón, según Rosas, no les fue difícil conseguir trabajo e integrarse finalmente en la sociedad.

Cada historia tiene su propia identidad, es cierto. Pero, a menudo, los espejos sirven para reflejar a personas que han recorrido autopistas parecidas. Cada persona que haya sufrido una pérdida y haya tenido que dejarlo todo para marchar hacia un destino incierto, puede encontrar puntos de conexión en la novela. No en vano su protagonista se llama Rui (que es el imperativo del portugués ruir, que significa “desaparecer”). La tierra a Rui se le muere, algo que creía impensable. Por eso la dedicatoria del libro va “para los desterrados” y la cita que cierra el libro de Dulce María Loynaz dice: “Las cosas que se mueren, no se tienen que tocar”.

Pero, a veces, las autopistas te llevan por nuevos caminos, quizás por aquellos que hemos empezado a perder de vista. Cuando Rui, al comienzo de la novela, está en el aeropuerto a la espera del avión que le llevará lejos, lleno de miedo, también allí hay negros, “…negros venidos de todas partes, descalzos y sucios, negros huyendo de los quimbos por miedo a la guerra, hasta los negros se quieren ir a la metrópoli…” Entonces es cuando me pregunto, ¿y las historias de estos seres?… ¿acaso las historias de estos seres han sido contadas por alguien?

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El retorno. Dulce María Cardoso. Traducción del portugués: Jerónimo Pizarro. Ed. La solana y la umbría.

Quimbos (aldeas)

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