Cada vez que toco el pelo de mi sobrino, me viene su imagen de cuando tenía cuatro o cinco años. Vuelvo, entonces, a oler su inocencia, a oír su alegría espontánea, a sentir su cariño genuino y cierro los ojos para retenerlo dentro y decir muchas veces “que nunca le pase nada, que no le hagan daño, que no sufra”. Detengo, entonces, como si quisiera taponarlo, la llegada de un dolor profundo porque sé que le espera la vida.

Le espera la vida, pienso, mientras abro una obra ilustrada que me ha llegado por correo y mi mirada se topa con otro niño, un talibé, un niño de la calle senegalés, un sin nombre, con su bote de tomate de mendigar, durmiendo con los adoquines del asfalto como almohada. Noto sus hinchados párpados y su cansancio y su dolor que se queda posado como plomo en sus mejillas dibujadas.

Me recreo en sus mejillas dibujadas, que asoman en Solo la vida (¿las soportaría igual si fueran reales?), porque son un trueque. Un poco más arriba te topas con unos ojos inmensos. Miras a quien te está mirando. Las ilustraciones dejan de ser solo papel porque desde el primer momento te está hablando un ser, un niño. De manera habitual se logra la pérdida de identidad de estos pequeños dentro de una masa con la etiqueta “niños de la calle” o “talibés”. A la vez que se facilita su invisibilización. Pero este libro demuestra la importancia de los nombres, de nombrar. “Izena duen guztia omen da”, todo lo que se nombra existe. Por eso lo primero que reclama el protagonista de este breve relato es su nombre. Busca una identidad.

Los ojos del pequeño mendigo, de Abdou, sobrecogen por su carga de profunda injusticia. “Son miradas cansadas que no logran expresar ni tristeza, ni alegría y, en muchos casos, evocan el abismo”, afirma DAUD (David de Echave), el ilustrador. La pesada carga, que se expresa en la rotundidad de sus negaciones, en el rechazo que reciben al intentar obtener sus derechos más básicos, el abandono en diversos niveles: familiar, social-de una sociedad que mira hacia otro lado- y político, en el que viven sumergidos, se transmite con claridad en esta breve obra. En un mundo donde la caridad disfraza a la justicia, dentro de un entramado complejo que tiene varios actores, estos niños tienen muy pocas opciones.

Proceden en su mayoría de comunidades rurales de la región de Kolda, al sur de Senegal. Su destino es ser entregados por sus familiares a una ‘daara’ (escuela coránica) o cedidos a un ‘marabú’ (o ‘morabito’) para que se internen en la religión y aprendan el Corán. Vagabundean por las calles hambrientos, a la búsqueda de algo de limosna, la suficiente para contentar al marabú de turno y no sufrir maltrato y violencia.

Aspiran a la normalidad, esa otra etiqueta que, en este caso, esconde lo que tienen aquellos que los rodean y no son como ellos. Sueñan con volver a tener el cariño de sus padres, recuperar la alegría hurtada, tener derecho a una parcela de inocencia. Nos hacen sentir el golpe de su dolor. A diferencia de mi sobrino, solo tienen la vida, pero mucho por hacer con ella.

Solo la vida. Cëy Dunyaa. Seule la vie. Escrito e ilustrado por DAUD (Social Vision Projet). Prólogo de Aminata Sow Fall. Escrito en castellano, francés y wolof.

La venta de esta publicación servirá para financiar actividades de formación destinadas a niños en situación de calle. En estos talleres el arte es el medio para reforzar las habilidades sicológicas, emocionales y creativas del niño. El libro puede encargarse escribiendo a la dirección social.vision.projet@gmail.com

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