De Profundis

Coleccionar libros en tiempos de COVID

Kọ́lá Túbọ̀sún es un escritor nigeriano que escribe en yoruba e inglés. En su trayectoria destaca el “Yorùbá Names Project”, un proyecto de lexicografía para mostrar cómo la tecnología puede ayudar a revitalizar los idiomas locales. Pero Túbọ̀sún es muchas cosas más; ante todo es un tipo interesante al que merece la pena seguir la pista. En estas andaba yo cuando me topé con su afán coleccionista.

Al menos existen, desde mi punto de vista, tres tipos de lectores en cuanto se refiere a la necesidad de poseer lo leído. En primer lugar, están aquellos que acuden a sitios públicos para conseguir sus lecturas y que rara vez compran ejemplares, bien por una cuestión de espacio en sus hogares, bien porque no tienen un apego físico hacia ellos. En segundo lugar, los que sí adquieren obras y montan pequeñas y sencillas bibliotecas o inmensas, de las que se desparraman por varias estancias, sin medida y sin control. Y, finalmente, están los que además necesitan coleccionar libros determinados, obras del pasado o de un autor o de un género en especial, por ejemplo. La clasificación parece fácil, pero las razones por las que lo hacemos no están tan claras.

Entre el último tipo de lectores se encuentra Túbọ̀sún, quien comenzó a adentrarse en el coleccionismo, de la manera más inocente. Tal y como él mismo explica, en marzo del año pasado, cuando la COVID hizo su aparición en escena. Seguramente facilitado por el aburrimiento, empezó a comprar libros haciendo crecer su pequeña biblioteca más allá de lo que nunca hubiera creído.

Teniendo al alcance internet, sus búsquedas le guiaron hacia títulos que, por diversas razones, habían estado en sus manos en el pasado. Comenzó, entonces, a adquirir una gran cantidad de libros en ocasiones más por el valor sentimental por el que Túbọ̀sún los apreciaba que porque realmente tuviera un gran interés en releerlos. Entre estos, ejemplares de su época universitaria extraviados y obras de autores relevantes, como uno del reconocido escritor J. P. Clark con la firma de su padre, título que le robaron. Diferente es el motivo por el que buscaba compulsivamente An African Abroad, una joya escrita por un incono cultural nigeriano, Ajala, publicada por Jarrods en los años 60 y que jamás había podido leer sino en formato pdf escaneado.

Portada de An African Abroad (1963)

Todo este interés se remonta al pasado, claro. A lo largo de su vida, aquellas obras le habían evitado una y otra vez, hasta que en 2019 obtuvo una beca de la Biblioteca Británica para trabajar en colecciones de libros en lengua africana del siglo XIX. Entonces, pudo volver a tener delante de sus ojos  los títulos que estuvieron cerca suyo en otros tiempos.

Durante su estancia en Londres comprobó la facilidad con la que aquellas joyas de su esquivo pasado coleccionista se ponían a su alcance a golpe de simple petición.

Su sospecha se confirmó cuando regresó a Lagos en 2020 y fue directo a la Biblioteca Nacional, equivalente a la Británica- aunque fundada nada menos que 9 años antes que aquella-, para constatar que no había allí ningún ejemplar de las obras escritas durante los años 60 y publicadas en Nigeria. Contrariado se dio cuenta de que aquellos títulos escritos por nigerianos eran más fáciles y probables de encontrar en el extranjero (tanto en Bibliotecas públicas como en manos privadas), que en las instalaciones de la Biblioteca Nacional de Lagos. Ante esta situación lamentable, el escritor intentó encontrar las posibles razones, y enumera algunas: por haber sido objeto de contrabando, por el escaso cuidado en el préstamo o porque, sencillamente, los libros nunca se almacenaron en Nigeria en primer lugar, a pesar de que sobre el papel así debía de haber sido.

A pesar de la decepción, su incipiente interés por llegar a completar una biblioteca africana con títulos importantes de los años 60, primeras ediciones o libros muy difíciles de encontrar, se acabó convirtiendo en obsesión y le llevó a una búsqueda compulsiva de los mismos. Se introdujo, así, en el mundo del coleccionismo y de las subastas de libros, donde comprobó que siempre las obras de autores negros se cotizaban por precios bastante más inferiores a los del resto.

Entonces llegó la COVID y con el virus el confinamiento, todo confabulado para que su obsesión aumentara. Adquirió varias de aquellas obras que siempre había deseado poseer. En concreto, otros títulos de J. P. Clark o la que está considerada como la biblia del viajero nigeriano y es el germen de su pasión coleccionista: An African Abroad de Olabisi Ajala. Pero, una vez estuvieron por fin entre sus manos,  quiso continuar la historia de esos libros más allá del hecho de poder tenerlos entre sus propiedades ya para siempre. Con este propósito inició una nueva búsqueda, esta vez en pos de sus autores.

Con J.P. Clark logró un primer contacto, aunque a causa de su avanzada edad y la COVID no consiguió reunirse con él. Por desgracia, J. P. Clark falleció en octubre del año pasado. Del mismo modo, dio pasos para entrevistarse con el único hijo de Ajala, al objeto de que le documentara sobre aquellos huecos que faltaban en sus memorias, pero le informaron que había fallecido también en febrero del mismo año. Así acabó su aventura.

Las idas y venidas de Túbọ̀sún y su afán coleccionista me han recordado algunas de mis más extrañas adquisiciones. Mencionaré solo una de ellas por ser su autor universalmente conocido: el ejemplar de El diablo en la cruz de Ngugi wa Thiong´o que compré en Kenia, escrito en gikuyu, y que guardo como un tesoro en mis estanterías.

A menudo, los libros nos hablan, además, de momentos de nuestras vidas. Nos unen con seres que hemos querido, que nos regalaron este o ese otro ejemplar y que ya no están. Nos recuerdan tal o cual viaje en los que los llevamos en la mochila y los momentos en los que los leímos rodeados de desconocimiento. Nos traen de vuelta el calor que sentimos cuando lo compartimos con alguien que escuchaba atentamente cada una de nuestras palabras y con el que estuvimos, durante esos instantes, en total comunión. O, como el libro de Ngugi, suponen un reconocimiento privado e íntimo a la trayectoria de un autor cuya obra nos fascina.

El libro como objeto tiene mucho más valor que el simplemente económico. Incluso las primeras ediciones y los extraordinarios ejemplares de Túbọ̀sún, algunos con auténticas obras de arte en sus portadas. Con los autores y sus allegados fallecidos, él supo que ya no sería posible continuar la conversación que los libros le ofrecían. Algo se había parado para siempre. Túbọ̀sún me ha recordado que muchos de los libros que guardamos en nuestras vidas son el último vestigio de algo que ya no volverá. Los únicos testigos que quedan aún en pie.

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