GauZ Novela

El marfileño Gauz quita el velo de la sociedad capitalista para mostrar su absurdo y su daño

Portada con fotografía de Gauz

Veo desde una esquina las múltiples vidas de Gauz. No sé a cuál seguir, si su etapa de guionista, la de fotógrafo, jardinero o diseñador de base de datos. También fue vigilante durante un período corto. Algunos lectores tenemos tendencia a pensar que conocemos a los escritores tras leer sobre sus vidas. Y cuando nos topamos con una obra que habla, como es el caso de Cobrar por estar de pie, de varias generaciones de vigilantes en Francia, creemos que la conexión es clara. Pero no lo es.

Nada es convencional en Gauz. Ni su vida, atravesada por decenas de caminos diferentes, incluido el de licenciado en bioquímica y el de sin papeles, ni su escritura. El escritor muerde con las palabras, las estruja y las llena de múltiples significados, da golpes a un lado y a otro, se espumajea delante nuestro. Gauz, el espoleado, asoma.

Cobrar por estar de pie es el lienzo por el que este hombre sin pelos en la boca va siempre hacia fuera, mientras hace malabarismos con el lenguaje y estruja el mundo de los conceptos. Los vigilantes de Gauz (en el centro de una trama que abarca tres edades: la de bronce, la de oro y la de plomo a través de los años 1960 hasta los atentados de las torres gemelas de 2011 y que se deshilvana por Costa de Marfil y Francia), al igual que los Controladores de trenes de Ayi Kwei, ponen de manifiesto la podredumbre y el absurdo de la sociedad que les rodea.  

Francesa, pero consumista como la de muchos otros países. Superficiales, despreciables, infantiles, así pinta el costamarfileño a los clientes de los grandes almacenes, templos que venden aspiraciones pueriles de glamour y de belleza, lugares donde se pierde todo para creer que se gana algo. Construcción milimétrica para impulsar a que se compre sin cesar. Los vigilantes de Gauz examinan desde su atalaya, mientras luchan por tener “un interior propio”. Y sufren el racismo que se ceba en ellos como una lacra. Mientras oyen y miran. Vigilan. La seguridad como nuevo escenario planetario.

El escritor hinca sus dardos a diestro y siniestro, sobre los propios africanos que se valen de los estereotipos que los crucifican para obtener ventajas. Sin embargo, puedes distinguirles tan solo ya por su manera de vestir, si te detienes en reparar sobre ello. Porque la migración que todo lo trastorna cuando se tiene la fisonomía no adecuada, convierte a una persona plena en su país de origen en un ser invisible en el de llegada. Pocas cosas pueden resultar más hirientes que no ser visto, convertirse en transparente, una negación de la vida. ¿Cuándo vemos al que hemos ignorado y despreciado? Cuando le necesitamos.

Urge el humor para aceptar las imágenes-espejo que desfilan por Cobrar por estar de pie. Gauz, el trashumante, lo sabe. Cometimos un error de lectores al pensar que estaba hablando de su vida. Ahí en el fondo se atisban los picos de algunas heridas, pero aún así aflora la ternura, “¿Seríamos más suaves unos con otros si nos tocáramos más a menudo?”. Pregunta seria. Gauz, el espadachín, hace touché.

Cobrar por estar de pie (Debout-Payé, 2014) Gauz. Traducción: Pedro Suárez Martín. Editorial Casa África y Baile del Sol, 2021

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