Acaba de publicarse la novela Gritos y furia de una mujer de la escritora gabonesa Angèle Rawiri. Una obra singular, por dos motivos entre otros; por estar escrita por la primera fémina novelista de este país, tras la publicación de su obra Elonga en 1980, y por ser la primera novela con origen en Gabón que se traduce al castellano.
Casi inexistentes son los estudios o el interés que ha suscitado esta literatura femenina en el mundo occidental (y, podríamos añadir sin equivocarnos demasiado, entre los académicos africanos también). Es, por ello, una buena oportunidad para conocer la literatura de una pionera, que abordó por primera vez temas importantes para las mujeres que nadie había contado hasta ese momento.

Angèle Ntyugwetondo Rawiri, en exilio perpetuo
Su periplo vital la llevó a nacer en Port – Gentil en 1954 y a morir lejos de su país natal, en París, y joven a los 56 años. Fue hija del político, diplomático y poeta Georges Rawiri y de una maestra que murió cuando Angèle tenía seis años. Permaneció en Gabón hasta los 14 años, después fue a la escuela y estudió secundaria y traducción en París. Con posterioridad estuvo viviendo dos años en Londres, donde trabajó como actriz, obtuvo pequeños papeles en películas de James Bond, y como modelo en revistas de moda.
En 1979 regresó a su país natal, donde trabajó como traductora e intérprete. Escribió tres novelas. Su primera obra, Elonga, fue publicada en 1980 por Silex. Esta obra denuncia el poder de la brujería y las ciencias ocultas en su país. En 1986, publicó G’ Amèrakano au carrefour con la misma editorial. Fureurs et cris de Femmes, vio la luz en 1989 por la editorial L’Harmattan. Esta fue su última obra literaria y la que la dio a conocer.
Cheryl Toman, profesora de la Universidad de Alabama, y autora de la obra Women Writers of Gabon: Literature and Herstory (Lexington Books, 2016) considera las tres obras de Rawiri como «hitos de una década importante para la literatura gabonesa escrita en francés».
Las obras de Angèle Rawiri forman parte del patrimonio literario gabonés y se enseñan en colegios y escuelas superiores del país para preservar su memoria y su legado.
«Me opongo firmemente a esas ideas establecidas de que en África eso ocurre o en África eso no ocurre»
A continuación un resumen de la entrevista que concedió Angèle Rawiri a Daniel Kamwa a raíz de la publicación de su libro Gritos y furia de una mujer en 1989. La traducción de dicho fragmento la ha realizado Alejandro de los Santos y la entrevista completa se puede visionar y escuchar en este enlace.
Daniel Kamwa: Angèle Rawiri, nacida en Port Gentil, Gabón, usted pertenece casi a la generación de las independencias.
Angèle Rawiri: Casi (risas), sí, digamos que sí.
DK: Ha abandonado su profesión de intérprete y traductora para dedicarse por completo a la literatura.
AR: Abandonar es quizá decir demasiado, me vi obligada a tomar ciertas decisiones. Y he elegido la escritura.
DK: ¿Escribir supone para usted la necesidad vital de compartir sus angustias con los demás?
AR: Es una necesidad vital para mí, como individuo, en una sociedad como la africana. Para mí es una necesidad vivir, ser. Y creo que con mis reflexiones puedo centrarme en los problemas esenciales del continente africano. Y del mundo negro en general.
DK: Desea suscitar una reflexión colectiva.
AR: Modestamente (sonríe).
DK: Sus novelas dan la sensación de que ha vivido mucho. ¿Es únicamente por su sentido de la observación?
AR: Observo mucho lo que hay a mi alrededor, a la gente que me rodea. Creo que consigo penetrar con facilidad en los demás, sentir sus problemas y quizá traducirlos y comunicarlos.
DK: Sin embargo, no vive a menudo en la sociedad que le sirve de terreno de investigación.
AR: Creo que todo africano en general proviene de una familia modesta. Mis abuelos de parte materna son de una familia muy modesta, he crecido ahí y conozco ese contexto.
DK: Hay arraigo entonces.
AR: Ciertamente.
DK: Comprendo que, habiendo perdido a su madre muy joven, la esencia de su vida ha transcurrido principalmente fuera de su país.
AR: He vivido en Gabón hasta los 13 o 14 años.
DK: Y si lo digo es justamente para destacar su sentido de la observación y su capacidad de traducir lo que observa. Ya ha publicado tres libros, Gritos y furia de una mujer, del que hablaremos ahora, en la editorial Harmattan. Antes ya había publicado en Silex la obra Elonga y Gʾamèrakano, que firma como Ntyugwetondo Rawiri. Por el contrario, Gritos y furia de una mujer lo hace como Angèle Rawiri. ¿A qué se debe esa decisión?
AR: Porque a mis lectores les costaba pronunciar el nombre Ntyugwetondo, le ponían pegas constantemente, así que preferí acortarlo un poco.
DK: ¿Ntyungwetondo qué quiere decir?
AR: El día que amaré (risas).
DK: El día que amaré. En su primer libro, Elonga, que quiere decir el infierno o el más allá, la brujería es el tema dominante.
AR: Sí, quise demostrar el impacto del fetichismo en África. Y también subrayar la forma negativa que tenemos de utilizar la brujería, los poderes ocultos. Creo que creemos firmemente en grandes poderes ocultos, pero es una pena que se usen para perjudicar a los demás. Quizá habría que tratar de encender la alarma y aconsejarle a la gente que sea más positiva en cuanto al bien común.
DK: En G’amèrakano aborda la cuestión desmembramiento de África entre la tradición y la modernidad. ¿Cuál es su actitud con respecto a las tradiciones en general, y el animismo en particular?
AR: Creo que mi respuesta va a molestar seguramente a bastantes africanos porque no comparto la idea de que la tradición sea una fuerza. Para otros africanos como nosotros, la tradición, tal y como se presenta hoy en día, es la responsable de nuestro atraso.

DK: En Gritos y furia de una mujer, su tercera novela, no se conforma con tratar un solo tema, sino que aborda varias cuestiones como la poligamia, la esterilidad, el tribalismo, el papel de la mujer. Es una novela de mujer para mujeres.
AR: (Risas) Es una novela de una mujer para todo el mundo, para los hombres también.
DK: Si no es una indiscreción, ¿qué parte de usted hay en esta novela?
AR: No me veo reflejada en la novela. Quizá por mi sensibilidad como mujer, he visto a otras africanas rechazadas por sus maridos porque eran estériles. He visto morir a mujeres embarazadas. He visto dramas ligados a la esterilidad, al parto. Todo ello me ha llevado a una reflexión general.
DK: Olvidemos un momento que usted es la escritora de Gritos y furia de una mujer. Alguien coge el libro, lo lee y solo al final se da cuenta de que el autor es un hombre. ¿Cuál sería su reacción si la obra estuviera escrita por un hombre?
AR: (Risas) ¡Diría que ese hombre conoce muy bien a las mujeres!
DK: Y no sería considerado misógino.
AR: No lo creo. No, no.
DK: Tengo la impresión de haber querido ajustarse demasiado a la realidad, de haberse dejado llevar hasta el punto de a veces haber descuidado la forma.
AR: Quería escribir una novela para que todo el mundo pudiera leerla. No he querido que la forma fuera complicada.
DK: De todos los temas tratados en esta novela, ¿de cuál deriva el resto? Uno del que los demás serían su consecuencia.
AR: Simplemente el lugar que la mujer africana ocupa en la sociedad actual. No es comprendida, tampoco rechazada, no es respetada. En fin, desconozco su lugar, no sé qué papel queremos que tenga hoy en nuestras sociedades. He intentado situarla en un contexto preciso: en una vida de pareja, ella no puede tener hijos, y se enfrenta a su marido, a su familia política, a su propia familia y a la sociedad. Ya ve en qué situación se encuentra.
DK: Tengo la sensación de que esta novela, es la novela de la mujer abandonada. En cierto modo, también la novela del odio. Un odio visceral alimentado por una mujer que controla a otra mujer. La suegra que ocupa el lugar de la nuera.
AR: No, no es odio, al menos yo no lo he sentido así.
DK: Hablo de odio porque las relaciones entre Eyang, la suegra, y Émilienne, la nuera, no son…
AR: Digamos que me sigue indignando cómo se trata a las mujeres en África, me parece insoportable. Son cosificadas, son mujeres objeto.
DK: Queda claro que Émilienne no solo sufre por su marido. Sobre todo, sufre por su suegra, que organiza y lo manipula todo.
AR: Si su esposo hubiera sido lo suficientemente autoritario, ella no habría estado así. Es una pena que hoy no encontremos madres que toleren que sus hijos vivan su vida. Están ahí para dictarles su comportamiento diario, entrometiéndose en la vida de la pareja, perjudicando a la pareja. En esas situaciones le corresponde al hijo plantarle cara a su madre.
DK: Sabemos que las relaciones entre una suegra y su nuera no son nunca muy agradables. Pero nos enfrentamos a una mujer muy particular, una mujer que llegará incluso a ordenar el asesinato de su nuera para asegurarse que se rompa definitivamente todo vínculo que pudiera unir a su hijo con ella, a quien odia conscientemente.
AR: Creo que hay gente que puede llegar muy lejos para hacer el mal.
DK: La pareja al principio se muestra ideal pero abocada al fracaso, puesto que incluso siendo novios tienen que enfrentarse al tribalismo de sus padres.
AR: Es lamentable que el monopartidismo instaurado en África desde hace treinta años no se haya terminado. Pensábamos que la gente iba a escucharse, a comprenderse, a quererse, tratando de congregarlos en el seno de un partido, y ha sido todo un fracaso.
DK: Además del tribalismo, la esterilidad de la mujer es un problema. Muy pronto, la pobre Émilienne vive el mismo calvario que todas las mujeres estériles, incapaces de darles un hijo a su marido, especialmente un varón.
AR: Por desgracia, en mi opinión, el hombre africano no acepta a las mujeres, independientemente de su formación académica, su belleza. No la acepta del todo cuando no puede procrear.
DK: A pesar de todo, ella pudo darle una hija a su marido. Podríamos pensar que una mujer moderna, tan bien asentada socialmente como ella, evitaría caer tan fácilmente en la trampa de la moral masculina.
AR: Bueno, no deja de ser una mujer africana con sus contradicciones.
DK: En la novela, el éxito social de la mujer se presenta como un obstáculo a la solidez de la pareja.
AR: Creo que las mujeres todavía no saben vivir en pareja cuando ellas tienen más nivel educativo que sus maridos. En realidad, no saben adaptarse a la pareja, les cuesta, lo hacen con torpeza.
DK: Y la pobre Émilienne, como si todo ese peso de esterilidad, del tribalismo, no fuera suficiente, le toca sufrir la humillación de ser abandonada por su marido, que la deja por la amante que la madre de su marido le encuentra y que además le da hijos.
AR: En lo relativo a la infidelidad masculina, creo que habría que profundizar, reflexionar, sobre ese problema. Es necesario repensar la vida en pareja.
DK: ¿La fidelidad para usted es más moral que física o las dos?
AR: Cuando estamos ligados moralmente a alguien, creo que no debería existir la necesidad de engañar físicamente. De lo contrario, algo falla.
DK: En su novela dice que «el hombre encuentra su equilibrio con tres mujeres».
AR: Sí, eso indica que hay un problema real, Indica que el hombre, los hombres en general, no saben construir una vida de pareja. El hombre o la mujer. Por eso hay esa necesidad de buscar más allá
DK: Incluso dice textualmente que «él necesita a la mujer que es casi su doble, que le da hijos, necesita una amante que le sirve de confidente y una novia más joven para fantasear».
AR: Exacto (risas).
DK: ¿Qué significa para usted que una mujer abandonada acabe en los brazos de otra mujer?
AR: Tan solo he querido mostrar la decadencia de Émilienne; hasta dónde puede llegar una mujer desesperada.
DK: Pero al mismo tiempo, hace pensar que respalda la práctica de la homosexualidad femenina. ¿Cree que sea algo imaginable en algún lugar de África?
AR: Me opongo firmemente a esas ideas establecidas de que en África eso ocurre o en África eso no ocurre. Somos todos seres humanos.
DK: Sin querer condenar o justificar la homosexualidad, ¿puede una mujer sustituir sexualmente a un marido? En la novela, las dos mujeres son lesbianas ocasionales, puesto que la primera, Émilienne lo hace sin asumirlo realmente, y la segunda, Dominique, es calculadora, interesada, que la utiliza más como estratagema para poseer al marido y a la mujer.
AR: (Ríe)
DK: Su imaginación no tiene límites, y los vínculos que usted construye son intensamente apasionados. Esta historia reúne todos los ingredientes para una ficción cinematográfica capaz de aportar un soplo de aire fresco a la filmografía africana contemporánea.
AR: Solo he querido juntar a una amante y a una esposa porque en general no suelen conocerse. O se encuentran para pelearse como decimos por aquí. He querido añadir un poco de picante a la historia.
DK: En la novela ha querido que Émilienne lo intente todo para tener un hijo, menos someterse a un tratamiento tradicional en la aldea. ¿Es esto un rechazo a la tradición?
AR: Al principio de la novela digo que ella lo ha intentado todo, que fue a ver a todos los curanderos del país, también ha estado en el extranjero, lejos de su país, y que los curanderos tradicionales no lograron curarla.
DK: Eso pone de manifiesto un rechazo quizá inconsciente a todo lo que es tradicional.
AR: No, ya que visita a varios curanderos en todo el país y no se cura, por lo tanto va a buscar a otro lado.
DK: Sea como fuere, acaba quedándose embarazada. Curiosamente, el nacimiento ocurre justo cuando la hija de Émilienne, Eva, muere en un parto. ¿Podría interpretarse esto como un acto místico para reemplazar simbólicamente a la víctima que acaba de fallecer?
AR: No, hay que verlo de otra manera: no hay que culpar a las mujeres que no pueden tener hijos. Porque puede morir, puede arrastrar a una mujer a la muerte. ¿No es preferible aceptar a las mujeres tal y como son?
DK: Otro interrogante es la decisión de Émilienne de rompercon su marido en el momento en que ella siente con seguridad que tendrá otro hijo, un hijo que podría salvar su matrimonio.
AR: Ella ya tenía miles de motivos para dejar a su marido. Desde el principio de la novela. Ha ido aplazando la ruptura debido a razones bastantes fuertes. Ella ha sido incluso muy débil; se aferraba al amor que se le escapaba.
DK: Entonces, según usted, desde el principio, la pareja estaba en proceso de separación. Era necesario que alguien diera el paso.
AR: Exacto, la ruptura estaba a punto de ocurrir. Había que hacerlo para que cada uno de los dos recomenzara su vida.
DK: Pero cuando sitúa la ruptura en ese momento concreto, después de haber pasado por todos esos desafíos, muestra a una mujer deseosa de gestionar su propia vida.
AR: Exactamente, es lo que he querido, que la mujer tenga la última palabra. Ella se muestra débil desde el principio hasta el final del libro. Pero he querido que al final tome las riendas de su vida, se rebele, y, que sobre todo actúe. Porque en nuestro país las mujeres no logran tomar decisiones de esa manera.
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Gritos y furia de una mujer (Colección Libros del Baobab. Editorial Libros de las Malas Compañías, 2025. Traducción de Arancha Mareca)

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